Cuando lo hacemos, nuestra complicidad estalla en miles de bengalaschiquititas y me acelera el corazón. Entonces, mis sentimientos se lanzan a mis pupilas en un gesto kamikaze y confiesan que tienen ganas de besarte. Es una suerte que tus ojos respondan como lo hacen, con una mirada que nos arrastra hasta que estamos piel contra piel, a pesar de no habernos movido del sitio. Cuando nos miramos así, un sentimiento extraño surge de nuevo entre nosotros y se expande, hasta inundarlo todo. Su magia es tan fuerte que a veces sigue expandiéndose y se hace tan grande que, en mitad del día más soleado de verano, es capaz de alcanzar la cara oculta de la luna. Cuando llega allí arriba, aprovechando su ingravidez, da unas cuantas volteretas, y mientras lo hace yo puedo sentir su vértigo en mi tripa, como si con solo mirarme me hubieras convertido en una pequeña trapecistaespacial.

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